La despedida de Waters en River

Sesenta mil personas asistieron al cierre de la maratónica serie de conciertos del ex Pink Floyd.

La despedida de Waters en River
Con las caretas repartidas, el público se convirtió en parte del show que fue grabado en DVD. Foto: Santiago Hafford

Estaba todo preparado para que el gran final de la maratónica y alucinante serie de nueve conciertos en Buenos Aires tuviera un cierre con un estadio River cubierto de bote a bote. El marco perfecto para cerrar la estadía de Roger Waters en suelo argentino, como parte del tramo mas exigente de su gira The Wall por América del Sur, que continuará en Brasil. Fue el cierre grandilocuente de un fenómeno que reunió en su último show a distintas generaciones que querían contemplar en directo la ópera rock mas grande del planeta y que sumó en nuestro país un capítulo para la leyenda: nueve estadios River llenos, a razón de 400 mil personas en total.

Por curiosidad o fanatismo, la gente lo vive como un momento histórico. En la previa no para de sacarse fotos con el fondo de esa pared monstruosa de 70 metros, que forma parte de una puesta de 15 millones de dólares. Los seguidores de toda la vida hasta se graban con sus celulares la musicalización previa del show con mucho soul, viejos blues y la canción de Lennon “Imagine”. Todo sirve para decir en algún momento, cuando todo esto haya pasado: “Estuve allí”.

Entre el público se reparten las tétricas máscaras de aquella magistral escena de la película The Wall cuando los chicos caían en masa hacia la picadora de carne. El souvenir, que todos se colocan en la nuca, funcionará para meter al público como gran extra de la filmación que se está haciendo para un DVD de este último concierto. River, entonces, se transforma en el gran escenario para esta teatral y psicodélica puesta musical. Cuando se apagan las luces y estallan los primeros fuegos puños y brazos en señal de victoria. Son las 9.15 y comienza el gran viaje alucinante y estremecedor por esas 26 canciones que componen The Wall.

El estadio tiembla. La ópera rock se pone en movimiento. “Hola Buenos Aires”, dice Waters en un castellano rudimentario. Un rugido lo envuelve. “Quiero dedicar este concierto a las Madres de Plaza de Mayo y a Ernesto Sabato por su lucha por descubrir la verdad sobre el Terrorismo de Estado. «¡Nunca más!»” El simbólico mensaje antibélico de la ópera rock transita, también, por el fondo de las miserias humanas. Waters invita a sumergirse en ese limbo extraño del ser humano moderno confortablemente adormecido; aturdido por el mensaje televisado; el consumo; el poder y los mandatos sociales; sin correrse de la situación de un show preparado para impactar con sus trucos visuales, muñecos gigantes y efectos pirotécnicos. Como en el disco, el show en vivo logra algunos de esos momentos de perturbación emocional y viajes psicodélicos al oscuro territorio del alma humana.

Waters interpreta a la víctima y al victimario. Encarna la locura de ese hombre alienado que busca tirar abajo la pared en “Comfortably Numb”; al dictador fachista que hace bailar a todo el público a su ritmo, como un ejército de seres adormecidos en “In the flesh”; y al gran titiritero de los artormentados personajes en “The Trial”.

De solo verlo, “El muro” de dimensiones espectaculares estremece y es apenas una metáfora del encierro en que vive su personaje y la sociedad que lo rodea. Por eso, el leitmotiv “Another Brick in the Wall” se dispara insistentemente como un mantra a lo largo del show, oscilando entre los momentos más liberadores y oscuros. El peso de la propia obra, su lamentable actualidad y sus canciones te puede aplastar; o despertarte de una buena vez. Y en un momento hasta deja de importar la coherencia política de su orador. El muro esta allí y solo vos podés tirar el último ladrillo de la pared.